Siiii, lo confieso!!
Fumé, fumé fumé fumé
Si que espanto, después de como cuatro intentos fallidos de dejar de fumar éste, éste era ÉL definitivo.
Venía bárbaro, genial, semanas sin nicotina, ni un sólo día de lágrima, no la extrañaba en absoluto. Que pasó? Cumpleañosss, sí, cumpleaños. Como odio los eventos sociales en estos momentos. Empezás a ver cigarrillos de colores por todos lados, todos divinos, llamándote y pidiéndote a gritos que prendas uno, malditos.
Pero claro, todos saben que dejé de fumar, todos saben que mi método leyendo el libro fue lo mas copado del mundo, algo realmente revelador. Pero por qué el libro no me dirá, quedate encerrada en tu casa nena, no mezcles el alcohol con un veinte personas todas fumadoras porque vas a caer.
Y así fue, pero de la peor manera.
Claro, uno tiene que conservar su imagen ante todo, entonces se preguntarán, qué hice?
Caer. Caer bajo, tan bajo que no sé si reirme o llorar.
Llegó un momento de la noche, entre que los vasos de cerveza se convirtieron en fernets recargados, en los que a trago mal preparado en vez de rebajarlo y que disminuya la proporción inversa entre el fernet y la coca-cola del vaso, no, qué se le ocurría a la nena?
HAGAMOS UN FONDO, total, si está feo, lo tomamos rápido y ni nos enteramos, para qué. A medida de que el alcohol subía en sangre el cigarrillo me invitaba a un escape, íntimo, claramente, ya que nadie tendría que enterarse.
Y así fue. Discretamente robé, (sí, lo robé) un cigarrillo de un atado de paquete brillante que sutilmente dejaba su tapa semi-abierta, lo escondi en la manga del cardigan que llevaba puesto, y me fui corriendo a la cocina para robarme unos fósforos. Claro está que tuve que llevar la caja gigante porque con qué iba a prender el fósforo si no?
De más está decir que nunca se me ocurrió, que ya que había robado un cigarrillo también podía robarme un encendedor, pero se ve que no me alcanzó para tanto en mi momento de iluminación.
Así que rodee la casa, me senté en una ventana sola, clavando mis tacos en un cantero y lo prendí. Cuánta satisfacción! Sí, no me importaba nada. Era una cuestión de vida o muerte, tanto, que a la media hora, repetí el acto delictivo, volví a sustraer la caja de fósforos que había devuelto y caí otra vez.
Lo único que me dio pena en ese momento fue pensar en Marti, mi pobre amiga que había sido saqueada por el duende de la nicotina. Por supuesto que agarré y le di su paquete en mano, y le dije: "tené cuidado, porque te están robando cigarrillos", fue un acto de autoayuda sin haberlo premeditado, una lástima la verdad, porque después de eso no me daba la cara para seguir llamando al duende.